Desde el punto de vista histórico, Itata es la cuna de la vitivinicultura de Chile, y su nacimiento nos lleva hacia 1550. Si bien los primeros conquistadores y órdenes religiosas como los Mercedarios y Franciscanos fueron los que introdujeron las primeras parras de País y Moscatel de Alejandría en el siglo XVI para la producción de vino de misa, fue la Compañía de Jesús (Jesuitas) la orden religiosa fundamental que fundó, organizó y consolidó la vitivinicultura en el Valle del Itata. Mientras tanto, la industria del vino en Chile, entre los años 1850 y 1883 se volcaba – de mano de las familias aristocráticas radicadas en la capital – hacia la modernización y las variedades francesas a gran escala en el Valle Central.
Así es, como el secano de Itata permaneció al margen, resguardado en una suerte de olvido geográfico. Este aislamiento protegió un patrimonio vitícola único en el mundo. Este territorio es todo lo que está entre Chillán, San Carlos, Quirihue y Concepción, y que tiene como eje geográfico fundamental la Cordillera de la Costa. En los faldeos de esta cordillera corre la Ruta de los Conquistadores (Ruta 126), un camino que serpentea pueblos históricos como Quirihue, Trehuaco y Guarilihue, y que nos acerca a pueblos interiores cómo Pachagua, Portezuelo y Ninhue.
Es en estos lugares, donde hasta el siglo XX se vivía intensamente en torno a la producción de vinos tradicionales como la chicha y el pipeño, que alimentaban la mesa diaria, y otros vinos cómo el Asoleado de Itata y el Vino de misa. En los siglos XVIII y XIX, el “Vino de Concepción» dominaba el gusto nacional, tanto en la región sur (Chillán y Concepción), cómo en los centros mineros del Norte Grande, la zona central de Chile e incluso en mercados de exportación cómo Perú y California. Sin embargo, a principios del siglo XX el mercado de Santiago y Valparaíso les cerró las puertas. La aristocracia de la zona central consolidó sus propios viñedos con cepas francesas (Cabernet Sauvignon o Merlot), relegando el vino de Itata a un segmento popular de granel o mezclas, comercializado bajo una mirada meramente local.
Así es, como el secano de Itata permaneció al margen, resguardado en una suerte de olvido geográfico. Este aislamiento protegió un patrimonio vitícola único en el mundo.
Por más de 400 años, desde el siglo XVI hasta las décadas del 1950 y 1960, la tradición del valle no era vender uva, sino vender vino. Cada campesino y minifundista cultivaba sus parras, cosechaba y vinificaba en su propio lagar o bodega artesanal, vendiendo el mosto final a granel en pipas de madera. Estructuralmente, los viñateros comenzaron en 1950 a vender sus uvas debido al surgimiento del Valle Central, los “grandes poderes compradores” y al nacimiento de las grandes Cooperativas, lo que finalmente nos llevó a la situación más crítica en la década del 2010, donde los precios pagados estaban por debajo de los costos de producción.
Sin embargo, a pesar de la historia reciente, nosotros como proyecto, sentimos que la región vive hoy un renacimiento extraordinario. Este despertar inspiró el nombre de nuestro vino de lugar “Aurora de Itata”, con el que buscamos reflejar el inicio de un nuevo ciclo, más próspero y feliz, para las familias que habitan acá.
