Como viticultores de primera generación, al no estar ligados a ninguna herencia ni a un lugar en particular, tuvimos la libertad absoluta de elegir los viñedos con los cuales queríamos trabajar. Por eso decimos que Carter Mollenhauer ha sido, ante todo, una búsqueda. Hoy trabajamos con más de diez viñedos repartidos a lo largo de cien kilómetros, desde Truquilemu (Maule) por el norte, hasta Ranguelmo (Itata) por el sur.
Para nosotros, el vino comienza mucho antes de llegar a la bodega; se define en la relación íntima y diaria que establecemos con estos viñedos, queriendo resguardar y mejorar el patrimonio vivo del Secano Interior de Itata y Maule. Practicamos un manejo ecológico y consciente, donde la intervención cede su lugar a la observación rigurosa. Entendemos la viticultura como un acto de restablecimiento del equilibrio natural en los viñedos que hemos decidido trabajar. Es una respuesta necesaria tras décadas en que el territorio sirvió de base para la producción industrial, una realidad cuyos márgenes económicos terminaron postergando el oficio manual y el manejo orgánico que tradicionalmente definía a estas tierras.



Trabajamos con viñedos conducidos tradicionalmente en cabeza y cultivados en condiciones de secano. Al no contar con riego artificial, las raíces se ven obligadas a buscar su propio camino y sustento en la profundidad de la tierra; una realidad fundamental que condiciona todo nuestro manejo agrícola al ciclo de las lluvias. En línea con esta visión ecológica —y rechazando categóricamente el uso de glifosato—, el control de malezas se realiza bajo métodos estrictamente tradicionales. Empleamos el arado de caballo donde la geografía lo permite, como en el Carignan de Name y el Cinsault Filo Este en Guarilihue. En tanto, en viñedos de alta densidad y de pronunciada pendiente donde no es posible el acceso de animales, como en nuestra viña de País de Pachagua, rescatamos la labor ancestral de la “cava y recava”. Existe una ventana de tiempo exacta en el año, que dependiendo de las lluvias puede ser entre agosto y octubre, en que el suelo cuenta con la humedad ideal para realizar la aradura. Es justo durante esta labor cuando incorporamos el compost, pilar esencial de la nutrición natural de nuestros viñedos, dejando que las últimas lluvias de la temporada se encarguen de integrarlo profundamente en el suelo.
La poda es de respeto, es decir, con la preocupación de que los cortes en la planta sean cuidando los flujos de savia. En general, todas las variedades, las estamos podando en pitones donde el número de yemas dependerá del vigor de cada planta, sin una regla fija, con la intención de ir, con el tiempo, transformando la poda en cabeza tradicional, en un vaso abierto. Sumado a esto, hemos reestablecido la labor de desbrota, lo que regula las producciones buscando calidad de vino y además un mejor balance productivo/vegetativo, exigiendo lo justo a cada planta mejorando la estructura y calidad de madera para la poda del próximo año. Esta combinación de factores —la conducción en vaso, el control de brotes y la consecuente mejora en la ventilación— disminuye significativamente la presión de enfermedades fungosas. Si bien esta sensibilidad es muy baja en la cepa país, se vuelve un factor crítico y de cuidado en variedades como la Cinsault y la Carignan que tiene sensibilidad a oídeo y también en la Semillón que tiene tendencia a la botritis.