Edgard Carter y Karine Mollenhauer

Tanto Karine como yo compartimos un punto de partida inesperado. Ninguno nació en el campo ni creció entre viñedos; ambos somos nativos de Santiago, criados en familias ajenas al mundo del vino. Sin embargo, la tierra y el campo me atrajeron desde niño, gracias a paseos que hice al campo de mis primos en el Valle de Aconcagua. En mi casa, además, se vivía una cotidianidad que definiría mi camino: el rigor de la cocina, muy bien conducida por mi mamá, y el hábito diario del vino – cómo un alimento más – que gracias a mi papá jamás faltó en la mesa. Esa profunda unión entre la comida y el vino me marcó para siempre; a temprana edad, supe con total claridad que estudiaría agronomía para convertirme en enólogo. En el caso de Karine, ella proviene de una familia profundamente viajera y ligada al turismo —de padres tripulantes y hermano piloto—, por lo que su decisión de estudiar agronomía fue una grata sorpresa impulsada puramente por su conexión con la naturaleza, las plantas y el aire libre.

 

Guiados por ese destino invisible, ambos decidimos estudiar agronomía con especialidad en enología: Karine en la Universidad de Chile y yo en la Universidad Católica. Sin saberlo, estábamos recorriendo caminos paralelos, afinando nuestra capacidad técnica y cultivando un amor profundo por la gastronomía, los viajes y, de manera muy especial, un apego a los paisajes del sur de Chile.

Pero antes de conocernos y dar vida a nuestro proyecto, ambos consolidamos una nutrida trayectoria profesional en la industria vitivinícola chilena y extranjera, acumulando un bagaje que nos permitió entender el vino desde diferentes perspectivas. Karine inició su carrera en 2004 enfocada en el área técnica, lo que la llevó a realizar vendimias tanto en Chile como en Estados Unidos, específicamente en California y Oregón, además de asumir responsabilidades en producción, logística y servicio al cliente. A fines de 2007, su carrera dio un giro estratégico hacia el marketing, las exportaciones y el área comercial. Desde entonces, trabajó implementando estrategias de venta en Chile, Latinoamérica y el Caribe como embajadora de importantes marcas, siempre con la convicción de posicionar al vino chileno en el lugar de prestigio que merece.

 

Por mi parte, me desempeñé durante catorce años como enólogo, sumando experiencia en bodegas de Chile como Don Melchor en Maipo, y en Viña Seña (Grupo Errázuriz), donde trabajé como viticultor y enólogo asistente. Fue ahí donde trabajé junto a Pedro Parra en 2006 desarrollando el estudio de terroir, lo que marcaría mi manera de interpretar los viñedos. Y donde también trabajé junto a Alan York, de quien aprendí de viticultura biodinámica. Después de siete años en el grupo Errázuriz, llegué a Viña Carmen en 2010. Carmen, ubicada en Maipo, fue paradójicamente el lugar donde conecté con Maule, ya que en ese momento se estaba trabajando con un puñado de viñedos de Carignan, lo que me abrió los ojos a la región, y, por el estilo de los vinos que probe de la mano de los productore, entendí que era en el Secano Interior donde debía encontrar las uvas para comenzar mi proyecto personal. Además, estos años de viaje profesional, me llevó a realizar vendimias en el extranjero, recorriendo regiones como Sonoma y Napa en Estados Unidos y Barossa en Australia. Sin embargo, fue mi paso por Les Vins de Vienne en 2016, en Côte-Rôtie (Ródano Norte), el que gatilló un verdadero punto de Inflexión en mi comprensión enológica.

El destino hizo lo suyo. En medio de esta historia, en 2008 nos conocimos con Karine en la celebración de un amigo enólogo en común, a quien le guardamos una gratitud eterna. Desde ese día comenzó una relación que al cabo de un tiempo terminó uniendo nuestras vidas hasta el día de hoy.

 

Siempre supe que mi camino en el vino debía ser independiente. Quería crear un espacio propio para poner a prueba mi sensibilidad y creatividad, un refugio donde toda mi energía se transformara en creación genuina, sin el desgaste de tener que convencer a estructuras corporativas. Así, el año 2014 nos trajo la claridad que esperábamos: era el momento de partir. El apoyo de Karine fue incondicional y decidimos dar vida a Carter Mollenhauer. Partiendo materialmente desde cero, y como viticultores de primera generación, transformamos nuestra experiencia en libertad, listos para escribir una historia propia y honesta, a través de una mirada enológica renovada de los viñedos ancestrales del sur de Chile.